Wednesday, October 22, 2014

Moher

Cliffts of Moher. Los acantilados de Moher. Oeste de Irlanda. Entre Galway y Limerick. Fui allí por primera vez siendo un chaval hace treinta y cinco años. Recuerdo que el coche serpenteaba por una carretera estrecha y sinuosa encajada en un mar verde impresionante, y que cogimos un camino de tierra que salía a la derecha indicando nuestro destino. Después de quince minutos de baches, ya ansioso, hicimos un giro a la izquierda y de pronto el vacío. No era que la carretera se acabara, era como si hubieran serrado un enorme trozo de tierra que de manera natural debía haber estado allí. El paisaje suele tener coherencia por muy bonito que sea, ¿no te parece?
Con esa sensación extraña nos asomamos a ese abismo. Te puedo asegurar que si no se te  corta la respiración con esa vista es que no eres humano. Una sucesión de acantilados, de quinientos metros de caída sin salientes, que se acaban adentrando en un mar enfurecido que arremete violento contra ese muro que le ha cortado su espacio vital. Parece una lucha a muerte hasta el fin de los tiempos entre la roca y el agua. Mira, soy ateo aunque por mi posición tenga que aparentar ser el más devoto de los católicos. Pues en aquel momento sentí que solo la mano de Dios podía perfilar tan gigantesca belleza. Y lo más increíble, lo que te penetraba el alma y te llenaba hasta hacerte sentir pequeño era el silencio. ¡En ese escenario tan brutal no se oye nada! El mar odia a la tierra por hacerle tragar sus gritos de furia. Vuelves a sentir que solo la voluntad divina puede imponer que el tiempo se suspenda para hacernos ver su poder. Sentí la emoción en esencia, el éxtasis, y quise llevarme eso tan único para hacerlo mi motor.
¿Que son hoy los acantilados de Moher? La explanada verde es un aparcamiento para cientos de coches. Una oficina de turismo, carreteras asfaltadas, tiendas de souvenirs, hoteles y, para llevarte a la parte alta de los riscos, unas escaleras mecánicas. Y yo  desde mi cargo soy el que siembra el mundo de asfalto, el que dice sí a un nuevo hotel, el que juega con la codicia de unos y la ilusión de otros. Tengo el glorioso poder de utilizar a mi voluntad la obra de Dios. Y todo gracias a distinguir y llenarme de aquella grandeza que vi por primera vez hace treinta y cinco años. Me di cuenta de que yo no puedo crear la belleza en esencia pero puedo dominarla y, si quiero, destruirla.

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