Cliffts of Moher. Los
acantilados de Moher. Oeste de Irlanda. Entre Galway y Limerick. Fui allí por
primera vez siendo un chaval hace treinta y cinco años. Recuerdo que el coche
serpenteaba por una carretera estrecha y sinuosa encajada en un mar verde impresionante,
y que cogimos un camino de tierra que salía a la derecha indicando nuestro
destino. Después de quince minutos de baches, ya ansioso, hicimos un giro a la
izquierda y de pronto el vacío. No era que la carretera se acabara, era como si
hubieran serrado un enorme trozo de tierra que de manera natural debía haber
estado allí. El paisaje suele tener coherencia por muy bonito que sea, ¿no te
parece?
Con esa sensación
extraña nos asomamos a ese abismo. Te puedo asegurar que si no se te corta la respiración con esa vista es que no
eres humano. Una sucesión de acantilados, de quinientos metros de caída sin
salientes, que se acaban adentrando en un mar enfurecido que arremete violento
contra ese muro que le ha cortado su espacio vital. Parece una lucha a muerte
hasta el fin de los tiempos entre la roca y el agua. Mira, soy ateo aunque por
mi posición tenga que aparentar ser el más devoto de los católicos. Pues en
aquel momento sentí que solo la mano de Dios podía perfilar tan gigantesca
belleza. Y lo más increíble, lo que te penetraba el alma y te llenaba hasta
hacerte sentir pequeño era el silencio. ¡En ese escenario tan brutal no se oye
nada! El mar odia a la tierra por hacerle tragar sus gritos de furia. Vuelves a
sentir que solo la voluntad divina puede imponer que el tiempo se suspenda para
hacernos ver su poder. Sentí la emoción en esencia, el éxtasis, y quise
llevarme eso tan único para hacerlo mi motor.
¿Que son hoy los acantilados de Moher? La explanada
verde es un aparcamiento para cientos de coches. Una oficina de turismo,
carreteras asfaltadas, tiendas de souvenirs, hoteles y, para llevarte a la
parte alta de los riscos, unas escaleras mecánicas. Y yo desde mi cargo soy el que siembra el mundo de
asfalto, el que dice sí a un nuevo hotel, el que juega con la codicia de unos y
la ilusión de otros. Tengo el glorioso poder de utilizar a mi voluntad la obra
de Dios. Y todo gracias a distinguir y llenarme de aquella grandeza que vi por
primera vez hace treinta y cinco años. Me di cuenta de que yo no puedo crear la
belleza en esencia pero puedo dominarla y, si quiero, destruirla.
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