Piensa
en esto: cuando te nacen un hijo ponen ante ti algo que solo puede ir a peor; un
ser que, en el momento que te lo depositan en los brazos, es la culminación de
la naturaleza, el florecer de los cerezos, el germinar de la flexibilidad y lo
sensitivo, la explosión de la expresividad y lo orgánico. Y al mismo tiempo te
ponen en los brazos el cenit del egoísmo: decimos, ¿traigo a un retoño a este
mundo hermoso?; no, quiero tener un hijo es la expresión. El cenit de tu
egoísmo, digo, porque al fin y al cabo decidir la vida y no la vida o la
muerte, sino la vida y la nada, el máximo de la necesidad biológica, la
manipulación en esencia desde la construcción. Es enjaular al pájaro más bello después
de haber creado su belleza, cortarle los tendones de las alas de a
poquitos con tijeras para los pelos de la nariz. Cuando a la pureza la nacen,
desde el momento en que le deslumbra el mundo de neón, empezamos a inocularle
dosis terribles de miedos, de identificación con la decadencia, de educación y
rigidez. Empezamos a vestirla con corazas, con dipolos mentales en horizontal y
en vertical y, pobres nosotros, luchamos en ese magma, desnudos, más que sin
armas, queriendo ser parte, para lo cual creamos ese lugar de claros y oscuros,
el jodido ser humano. Cuando nos nacen,
entramos en el peaje y pagamos para poder sobrevivir, euro tras euro, dólar
tras dólar, libra tras libra, todo lo anteriormente descrito; de esta manera, a
un hijo no le damos la vida para vivirla sino para sobrevivirla y tras un
tiempo, ya de adulto, cerrará el círculo: el depredador voraz te dará
nietecitos que empezarán de máximos, pasaran por lo mismo y acabaran de mínimos.
Qué
ventajista, ¿no es cierto? Algo huele mal en cualquier preámbulo. El párrafo
anterior, cada palabra de él. Algo como de juicio, de jerarquía, en este caso,
de mirar la vida y la muerte -o la nada- desde la vida, sin posibilidad de
respuesta desde el otro lado. Saber que no
hay rival que te pueda opinar, ¿no es miserable? O reivindicar la pureza sin
que la pureza pueda decirse nada. El adulto que lo juzga todo sabe lo que es
ser niño, lo que es dar cuerda a un reloj; lo sabe todo y al final solo depende
de su pericia en el argumento. No puede el niño explicar al adulto el dolor
extremo cuando sale un diente, la sensación de que el cuerpo crezca varios
centímetros al mes, el abandono del útero. Así, un preámbulo es un ejercicio de
cobardes y solo queda dejarlos a un lado y experimentar.
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