Molly, cariño, apoyas las tetas en la mesa porque el mundo
es una mierda, no porque las tengas bonitas. Los pezones insinuados, los labios
pintados para chupar pollas a dos carrillos, la mirada insinuante cuando sirves
unas buffalo wings, una caesar salad o una ronda de cervezas más, traen
suculentas propinas que no se deben a tu talento de Norma Jeane. Si te dieras
cuenta de que tus sueños caerán al infierno en el mismo sentido y dirección que
la gravedad actua sobre tu hoy prieto culo, sabrías que tu vitalidad es mediocre,
tu espontaneidad está planificada y que eres tan guapa y tan fea como
cualquiera. Molly, sin acritud, eres normal.
Cacho Menendez apunta a la banda para intentar una carambola
de chulo del medio oeste. Matt Caruso, su amigo, cansado de perder y esperando
que Cachito se canse de su exhibición, se apoya en el taco y echa miradas a la
tele. Los Bulls machacan a los Knicks, que llevan dos años que no juegan a
nada. Sandy O’Sullivan, tan pelirroja como su apellido, espera que esta noche
Matt la espere al cierre y la acompañe a casa. Los pectorales marcados de Matt
la tienen cachonda toda la tarde. Se imagina cabalgándole en el asiento de atrás
del coche de él. Matt casi nunca le dice que no a Cachito. Siente ternura de su masculina exhibición, y entre sus delirios de pandillero, mientras le saca de peleas y le
escucha hablar del coño de esta o aquella, sueña con que huirán juntos muy muy
lejos y que se abrazaran sinceramente sin disfraces ni estructuras. Un marica más con ideales de amor. Un marica crucificado.
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