La decisión que tomé
sobre mí mismo fue tan drástica como nefasta en sus consecuencias. Quería
volver a un estado más natural. Cerré mi cuenta de Facebook, borre el Gmail, me
puse a dieta de Whatsapp y aplicaciones, y acabe por destrozar el móvil con un
martillo. Desinstalé cualquier programa que me comunicara con el exterior pero
me vi tan dispuesto a mi nueva vida que apliqué el mismo martillo contra el
portátil. Solo dejé una línea fija para temas de urgencia. Intenté establecer
relaciones epistolares y solo dos personas contestaron con disposición: mi
madre y una antigua novia que seguía enamorada de mí. Me dio igual. Quería
cortar toda la sobreestimulación del hombre del siglo XXI e incluso del XX. Y
estaba tan decidido que la falta de empatía de los demás no solo no era un
inconveniente sino un estímulo para demostrar que la locura tecnológica nos
domina y que otro ser humano es posible.
Mi nueva realidad no
tardó en manifestarse. Un mes más o menos. Y llego dura y sin avisar como un
puñetazo en el estómago. Volvía de dar un paseo sin rumbo y ya en mi barrio, en
la tapia de la antigua fábrica, un gato llamó mi atención. Nos miramos un rato,
había algo extraño, me maulló tres veces y con ojos de infinita tristeza le vi
llorar. Aparté la mirada, era una locura, seguí mi camino, alterado, y al dar
la vuelta a la esquina tropecé con Darth Vader. No alguien vestido de Darth
Vader. El mismísimo. Y de alguna manera fue simpático. Me sostuvo, noto mi
confusión, ¿todo bien?, dijo con esa
voz metálica. Dios mío, repliqué,
asustado pero rendido. Él se molestó y me dijo esa frase terrorífica del
episodio IV, su carencia de fe resulta
molesta. Me solté y hui. No trató de seguirme. Llegué al portal de mi
edificio. Una voz desde atrás dijo, llevo
llaves, déjeme que le abra. Era un marinero de piel azul acompañado de una
bola metálica de tamaño humano que supuse su señora. El llevaba la compra, ella
no tenía brazos. Congelado, vi como abría la puerta y en cuanto me dejaron un
hueco salte dentro del portal, subí las escaleras de tres en tres, forcejeé con
mi puerta y cerré detrás de mí con doble cerrojo. Cuando pensaba que me iba a
calmar una idea me paso por la cabeza: el
piso tiene rincones que no conozco, y aunque sea emocionante buscarlos, no sé
por dónde empezar. Era la necesidad de incentivos demenciales e
incoherentes. Y horrorizado sentí que si no tenía estímulos, si mi cerebro no
encontraba luces, pantallas, avisos, mensajes, anuncios, banners o programas,
tendía a crearlos. Que los locos no son los locos sino los diferentes. Que si
la humanidad entera es adicta a algo, si todos necesitamos la sustancia que
sea, esa es la normalidad y la esencia una fantasía. Sollozando, dejándome caer,
comprendí que incluso mi organismo es una pieza más de un mecanismo superior.