Lucas,
de pequeño, casi se ahoga en la playa. Creo que tragó tanta agua salada que
todavía tiene sed, le dice a una amiga cualquiera mientras me
compra otra fanta de naranja. Estamos en la playa, da igual cual, y yo soy
pequeño y flacucho, y voy de la mano de ella. Ese recuerdo acompaña cada asqueroso segundo
de mi adictiva vida. Ya no solo peso 225 kg sino que además arrastro entre mis
carnes fláccidas toneladas de culpa. Toneladas de culpa y toneladas de reproche
contra quien me sobrealimentó de soda desde tan temprano. Se puede hacer mucho
más que atender los reclamos de un niñato que te pide coca cola, y se puede
educar en vez de ceder al constante chantaje pueril. Pero no, el tema es darle
lo que quiere, ¿no? Que no grite, que no sufra o, quizá, que no moleste.
Era pequeño y
flacucho y cinco o seis años después ya era el chiste fácil de toda la clase y
de todo el colegio. Bola de grasa, cachalote, Lucachete, vacaburra, puto gordo,
el balón medicinal. Y eso no es precisamente un estimulo para cambiar. Eso es
la acción que provoca la reacción de crearte una coraza de aislamiento y
soledad que ahora, treinta años después, me lleva a plantearme con deseo el
suicidio. Pero ni la viga de acero fundido que cruza mi salón aguantaría mi
peso. Tendría que buscar una grúa. Y ese pensamiento me hace reír y llorar. Y
me dejo ir y hago pucheros y hablo en voz alta y tardo cinco minutos en
levantarme del sofá para ir a por otra lata, la enésima ración de 50 mg
de azúcar refinada diluida, esta vez con sabor a tónica. Porque mi nevera son
filas y filas de latas. En la oscuridad a las tres de la mañana cuando me despierta
la ansiedad o me ahogo en mis ronquidos de cerdo prehistórico, con meter la
mano en el refrigerador es suficiente, porque en ese momento el sabor de la
soda es lo de menos. Saciar la angustia, calmar las palpitaciones y volver a la
cama.
Mis días, uno tras
otro, con la culpa de existir así. La culpa y el asco crujiendo constante como
un terrible ruido blanco en mi cabeza. No me puedo palpar porque me doy ganas
de vomitar. No me puedo mirar a un espejo. Y sobre todo, no me puedo masturbar
porque encontrármela entre los pliegues de grasa es además un triunfo. Solo
siento alivio momentáneo con la televisión o haciendo solitarios horas y horas
porque el eco de la depresión baja el volumen. Pero luego repunta con
agresividad así que mi vida es una pesadilla estática cuyo big-bang es, Lucas, de pequeño, casi se ahoga en la
playa. Creo que tragó tanta agua salada que todavía tiene sed.