La camiseta roja se desvanece
sobre la silla al abrir los ojos cada mañana. Sí, la que llevaba puesta cuando
la enterré y la que desgarré con el cuchillo que fue también con ella al fondo
del agujero. La que se puso para mentirme una noche más. No volveré a dormir.
No volveré a soñar nada más que esa camiseta roja desvaneciéndose sobre la
silla para cerrar y abrir el bucle de cada uno de mis días. Previsible
conclusión de la pesadilla de haberla conocido.
Tuesday, January 27, 2015
99 crímenes cotidianos I: Migas
Me dijiste que no hiciera el
bizcocho de marihuana.
Me irritó que reventaras la
fiesta y te puse LSD en el cubata a ver si dejabas de joder.
Me reí cuando te vi bailar con la
almohada como si fuera tu padre el día de nuestra boda.
Me quede paralizado al
verte coger las tijeras de la cocina con el odio en la mirada.
Me sacaste un ojo despacio y
sonriendo, y te pusiste a lamer las migas del bizcocho.
Thursday, January 22, 2015
Plasma
Recibo
el mensaje de mí mismo
De
dentro hacia dentro
Me
tumbo de lado y me cubro la cabeza
Pienso
en el contenido
los
yo mismos encerrados
nunca
abrazados por el continente
que
es el plasma
vivo
en
el que todo se mueve
todo
habita
es
el magma necesario
el
planeta tierra invisible
el
cariño ofrecido que dejé de lado
el
corazón, ese contrabajo de penumbra
que
me pregunto qué late cuando yo no lato
No
nos damos cuenta de que el aire nos roza
nos
penetra
(desconexión, somos maquina orgánicas)
Imagina
que no existe el plasma
el
líquido acelular
Yo
temblaría
porque
el contenido lo ocupa todo
lo
espeso ES
Sangre
sin plasma es una viscosidad inútil
No
es cuestión de dejar atrás el pasado
ni los monstruos
ni los peros
ni las tormentas en la cabeza
ni la pelea de gallos
Es
cuestión de resolver el presente
no
desde lo estático
no
desde la no existencia de un deposito finito imprescindible
con
contenido desbordado
donde
falta el abrazo
y
qué grande y qué oscuro
Incontinencia
Darse
cuenta entonces
¿Revelación?
Solo
que los ruiditos de fondo existen
El
rio, la lluvia,
el
calor del sol,
el
dolor de cabeza,
el
plasma del pasado,
el
presente
Wednesday, January 21, 2015
Circuito cerrado
Hola cariño,
El tiempo acaba por dar la
razón al pesimista; y ya sabes de qué te estoy hablando. Una vez más, pero esta
vez es la última aunque no me creas, verbalizo la pregunta que como una losa
marca nuestras vidas: ¿por qué te fuiste a enamorar del recogepelotas?
Tenías una pléyade de
admiradores, desde los talentosos chulillos de piscina del club al principio,
pasando por los hijos de papá, los famosetes de mierda después, los modelos de
tus anuncios (casi todos maricas es verdad), otros deportistas de élite con los
que te codeabas o te hacían codear, los del postureo, los vigoréxicos del
circuito, los periodistas chupasangre, los capullos en yate, nacionales,
extranjeros, los hijos de jeques, los sobrinos de dictadores, la nueva generación
de la oligarquía de por siempre jamás, la familia torera, los mafiosos rusos; los
mariscales de la vida al fin y al cabo. Y vas y te fijas en el recogepelotas.
Yo, cariño, era el que tenía derecho a quererte y
admirarte. Yo, que soy un pedo en un jacuzzi, puedo adorar a la estrella, a la
princesa, al centro de atención del sistema de castas. Pero desde una distancia
que nunca me habría atrevido a acortar, ni un solo metro, porque de cerca no
somos dos seres humanos que se miran de igual a igual. Soy yo el que entra en
tu mundo, no dos corazones que comparten y que pueden aislarse a voluntad. Joder,
mi amor, eres un producto; siento ser tan crudo, y no tengo ni el talento, ni
las agallas, ni asumo el rol de perrillo y mantenido, como para hacer de mi
vida un seguirte por el mundo de torneo en torneo con los gastos pagados.
Pensarás que una vez más he
explotado y que en un ratito se me pasará el ataque de inferioridad. Incluso
puede que te enfades y me digas que no puedo soportar tu éxito. Quizá después
me abrumes con esa condescendencia que me duele como un puñal hablándome de que
algún día mi talento de escritor se verá recompensado. Entonces yo me dejaré
achuchar y entraré en razón.
Pues no, cariño, esta vez
no. ¿Y sabes por qué? Porque me está entrando angustia de pensar en ese
bla,bla,bla tuyo tan repetitivo; porque lo que escribo no lo lee nadie; porque
es lo mismo de siempre pero con ansiedad creciente y tiene que tener un límite
sensato; porque necesito una vida, asumir mi fracaso y buscarme un trabajo;
porque como vuelva a meterme en un avión quince horas para ir a verte jugar con
la excusa de que así tengo tiempo para leer y escribir, me dará un ataque de
nervios que estrangularé a la azafata; y porque, a pesar de todo, quiero seguir
escribiéndote para que no se me quede nada dentro y no me voy a cortar, como he
hecho siempre.
No voy a renegar de nada.
Han sido tres años de amor porque te quiero con locura y sé que tú a mí
también. Y será mucho tiempo de desamor. Como te digo constantemente, no paro
de aprender contigo y de tu mundo, precisamente por ser un outsider de toda esa
bacanal de egos centrada en tu naricilla que es tu día a día. ¡No sabes lo
dichoso que he sido sabiéndome el discretísimo elegido por ti cada noche!
Pero no hay ni habrá más que
eso, y de ahí que vaya a confesar lo inconfesable; porque de otro modo no sería
capaz de dar el paso y volvería a pisar un aeropuerto con náuseas de cobarde,
para ir a sentarme a la fila cien de una grada fría de una pista central más.
Exploto víscera con solo pensarlo. Es como si lo hubiera intentado tantísimo
que el monstruo que nunca he dejado ni asomar tuviera que salir a ventilarse
sin importar las consecuencias.
Confesar lo inconfesable,
decía. ¿Recuerdas la bronca que me echaste en Toronto el mes pasado? A gritos
me empujaste fuera de la habitación y acabé en el bar del hotel mano a mano con
la cerveza. Al día siguiente como si nada, y yo tampoco volví a sacar el tema.
Cariño, yo no tengo porque saber encordar una puta raqueta. Para eso están los
de la organización. A mí me importa un huevo que la tensión que tú usas sea 29
y no 27 kg. Además, amor, que esto es ridículo. ¡La tensión no se mide en kg!
Ya me estoy liando; voy al
grano porque empiezo a justificarme. En fin, que esa noche me lié con Serina
Wallace.
Me quedé en el hall junto a
recepción haciendo honor a la quinta o sexta cerveza. Solo, ya no quedaba nadie,
ni un alma. Ya tarde, como a las 12, bajó tu rival, Serina, con una botella de
champán, dando algún tumbo y bastante achispada. La noticia del día era su
eliminación en las primeras rondas, ¿recuerdas? No pensé que hubiera reparado
en mí porque nunca pienso que nadie en el circuito me mire más que a una
maleta, pero vino directamente y se sentó a mi lado como si yo fuera un
conocido o casi un amigo. Estuvo un buen rato hablando; la presión de ser la número
uno, la necesidad de perder para aliviarla, las ganas de alejarse de su corte
de lameculos. ¡Qué sola estaba, cariño, qué sola! Un ser humano que hasta para
ir al baño necesita un paje o un juez antidoping. ¿Y sabes cómo me sentí?
Igual. Como nunca a tu lado; como un igual con la estrella. Apenas recuerdo en
que momento pidió que subieran otra botella a su habitación, con dos vasos, y
no te tengo que decir cómo acabó aquello. Te ahorraré los detalles.
Si sigo escribiendo acabaré con
un alegato en mi defensa, y me odiaría por ello. Te toca digerir lo que acabas
de leer. Es así. No más broncas, no más idas y venidas, no más sumisión ni sueños
estúpidos. Pero de alguna manera,
Siempre Tuyo
Monday, January 19, 2015
Solo los muertos pueden quedarse
Encontré la forma de que no me
desahuciaran. La orden del juez era para el cinco de octubre y va Paco y se me
muere el cuatro. Como no hay mal que por bien no venga, se me ocurrió que igual
el cadáver de mi marido podría serme útil como resquicio legal. Dirán ustedes
que qué frialdad. Puede ser. Pero a mí se me escapaba la risa al pensar en Paco
muerto haciendo arquitectura jurídica. ¡Quién se lo iba a decir al borracho
cabrón!
Las cosas pasaron así; una
hora después de que certificaran que su hígado había reventado como una piñata
a golpe de carajillo y nosequé fluido había inundado su triste barrigón, mi
hija me dio la idea. “Ya era hora”, dijo, y yo pensé, “¿Realmente es hora?”
Entonces lo miré y lo vi más útil que en los últimos quince años, y casi por
impulso llame al abogado de la PAH y le pregunte si me podían desahuciar si
había un cadáver en casa. El muchacho, todo pundonor y ganas de ayudar, se
quedó como sin habla. Evidentemente no lo sabía. Me llamó al cabo de una hora y
vino a decir algo así como “vacío legal”. Arreglamos el asunto.
Con la excusa de hacerle un velatorio en casa, mi hermana y yo tumbamos a Paco
bien arregladito en la cama y nos sentamos a esperar.
A las diez de la mañana
llamaron a la puerta. Eran un secretario judicial, un cerrajero y cuatro
Mossos. Les sorprendió mi cordialidad pero aun así el funcionario se puso a la
tarea y leyó el auto en el que se me apremiaba a abandonar el piso con lo que
pudiera llevarme. “Pase, pase al fondo a la derecha y me dice que hacemos con
ese paquete”. Como acostumbrado a todo tipo de situaciones se dirigió derecho a
la habitación seguido del sequito. Al llegar a la puerta reculo para como si
hubiera visto un muerto. En el par de segundos de silencio a mi hermana se le
escapó la risa. “¿De qué se ríe usted? ¿Qué es eso?”. “Eso es Paco, ¿a que es
para morirse?”.
Creo que los siguientes cinco
minutos, lo que se tardó en levantar acta, se les hicieron bien incomodos. Solo
el cerrajero con un deje simpático atino a decir, “A mí me lo pagan igual y
usted se lo ha montado de cine, señora”.
Estamos en Noviembre ya. Paco está
en el congelador de la carne y yo sigo en mi piso, ahora encausada por no
querer enterrar a mi marido como manda la ley. Yo alego amor y los peritos
certifican algún trastorno o depresión por pérdida. No pueden desahuciarme a
menos que me obliguen a sacar a Paco en una caja de pino. O hasta que se vaya
la luz.
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