Thursday, February 19, 2015

Mamma mia

¡Qué iba a decir si era mi madre la que me tenía que pagar la fianza! Éramos de apretones, del aquí te pillo, aquí te mato, pero como muy animal cuando de un portal sé trataba. En público por regla general nos conteníamos; en el metro nos metíamos mano disimuladamente o por debajo de la mesa en los bares.  Pero si nos poníamos cachondos y teníamos un portal a la vista, era como si en algún momento desconectáramos del estar en público y ya nos desatábamos, mordiscos, embestidas,  posturas imposibles y coreografía. La urbana nos agarró tres veces y solo la última pasamos al juzgado porque el portal en cuestión era el del ayuntamiento; una tarde de verano en la plaza de Sant Jaume, hora punta de turistas.
Mi madre, una clásica, humillada y avergonzada, se quiso tragar la excusa del amor verdadero de película. Veía la vida desde sus vacaciones en Roma, descalza por el parque, y lloraba desconsolada cuando Rick dejaba a Ilsa en el avión por sus amigotes. Así que imaginatela a ella, escrupulosa de la ley, entrando en comisaría para pagar la fianza de un hijo acusado de fornicar como un mandril a las puertas de las instituciones públicas; ella, escrupulosa de la ley. Se tragó como un abuelo la pastilla de azúcar, la historia de la claustrofobia y la agorafobia, se encerró durante un mes entero, desconectó la tele e internet (éramos virales, claro), y se enchufó como 200 películas en blanco y negro.    
Ella y yo, de todas formas, seguimos a lo nuestro. Nos mudamos primero a Milán, luego Londres y Nueva York, y ya con buenos trabajos creo que hemos echado polvos (y fianzas) en casi todos los sitios de postal que se puedan imaginar.  

A Mario Benedetti (Su amor no era sencillo)

Thursday, February 5, 2015

Make me smile


“Villains!” I shrieked, “dissemble no more! I admit the deed!
—tear up the planks! here, here!—
it is the beating of his hideous heart!”
Edgar Allan Poe

Quiero acercarme a tu pequeña nariz. Volverla a ver de cerca, rosada y levemente redondita y subida. Con el sol de frio a tu espalda perfilando tu silueta, el abrigo puesto con la capucha, me dejará ver los detalles de tu gesto; y me quiero acercar, mucho, hasta tenerla a tiro de la yema de mi dedo. Daré un paso y otro y tu sonrisa de luna y payaso abrazará el encuentro. Me pararé delante, respiraré tu confianza y enraizaré mis piernas con la tierra. Devolveré la sonrisa. Pareceremos Los Sonrientes, estaremos de foto, y con tu siguiente exhalación, con mi puño ardiendo de odio te hundiré la nariz en el cráneo. Con la sonrisa helada de odio. No quiero que queden dudas, y aunque sangres, repetiré. Puño cerrado, golpe, golpe y golpe. Crujen cosas. Sangras y quizá sangro yo. Te sujeto el cuerpo con la otra mano, no pierdas pie. No te hagas daño tú, quiero hacértelo yo. Tu nariz rosada ya no tiene forma. Las sangres bañan la tierra. Suéltame. ¿Vas a seguir sonriendo? ¿Mañana, pasado mañana? Ya no será tan hermoso. Sin seducción no hay delito.
El instinto natural, el odio, la rabia, el llanto, el crujido, taponado por la culpa del ego. El corazón delator que palpita bajo el parqué, el monstruo de las alcantarillas. Dejarlo salir como quiera salir, sin responsabilidad o bajo la suya si acaso. Que haga lo quiera. No hay tan terrible consecuencia que no compense el alivio.
Me has desgarrado la camisa y tengo la mano rota.