¡Qué iba a decir si era mi madre la que
me tenía que pagar la fianza! Éramos de apretones, del aquí te pillo, aquí te
mato, pero como muy animal cuando de un portal sé trataba. En público por regla
general nos conteníamos; en el metro nos metíamos mano disimuladamente o por
debajo de la mesa en los bares. Pero si nos poníamos cachondos y teníamos
un portal a la vista, era como si en algún momento desconectáramos del estar en
público y ya nos desatábamos, mordiscos, embestidas, posturas imposibles
y coreografía. La urbana nos agarró tres veces y solo la última pasamos al
juzgado porque el portal en cuestión era el del ayuntamiento; una tarde de
verano en la plaza de Sant Jaume, hora punta de turistas.
Mi madre, una clásica, humillada y
avergonzada, se quiso tragar la excusa del amor verdadero de película. Veía la
vida desde sus vacaciones en Roma, descalza por el parque, y lloraba desconsolada
cuando Rick dejaba a Ilsa en el avión por sus amigotes. Así que imaginatela a
ella, escrupulosa de la ley, entrando en comisaría para pagar la fianza de un
hijo acusado de fornicar como un mandril a las puertas de las instituciones
públicas; ella, escrupulosa de la ley. Se tragó como un abuelo la pastilla de
azúcar, la historia de la claustrofobia y la agorafobia, se encerró durante un
mes entero, desconectó la tele e internet (éramos virales, claro), y se enchufó
como 200 películas en blanco y negro.
Ella y yo, de todas formas, seguimos a
lo nuestro. Nos mudamos primero a Milán, luego Londres y Nueva York, y ya con
buenos trabajos creo que hemos echado polvos (y fianzas) en casi todos los
sitios de postal que se puedan imaginar.
A Mario Benedetti (Su amor no era
sencillo)