“Villains!” I shrieked, “dissemble no more! I admit the deed!
—tear up the planks! here, here!—
it is the beating of his hideous heart!”
Edgar Allan Poe
Quiero acercarme a tu pequeña nariz. Volverla a ver de
cerca, rosada y levemente redondita y subida. Con el sol de frio a tu espalda
perfilando tu silueta, el abrigo puesto con la capucha, me dejará ver los
detalles de tu gesto; y me quiero acercar, mucho, hasta tenerla a tiro de la
yema de mi dedo. Daré un paso y otro y tu sonrisa de luna y payaso abrazará el
encuentro. Me pararé delante, respiraré tu confianza y enraizaré mis piernas
con la tierra. Devolveré la sonrisa. Pareceremos Los Sonrientes, estaremos de
foto, y con tu siguiente exhalación, con mi puño ardiendo de odio te hundiré la
nariz en el cráneo. Con la sonrisa helada de odio. No quiero que queden dudas,
y aunque sangres, repetiré. Puño cerrado, golpe, golpe y golpe. Crujen cosas.
Sangras y quizá sangro yo. Te sujeto el cuerpo con la otra mano, no pierdas pie.
No te hagas daño tú, quiero hacértelo yo. Tu nariz rosada ya no tiene forma.
Las sangres bañan la tierra. Suéltame. ¿Vas a seguir sonriendo? ¿Mañana, pasado
mañana? Ya no será tan hermoso. Sin seducción no hay delito.
El
instinto natural, el odio, la rabia, el llanto, el crujido, taponado por la
culpa del ego. El corazón delator que palpita bajo el parqué, el monstruo de
las alcantarillas. Dejarlo salir como quiera salir, sin responsabilidad o bajo
la suya si acaso. Que haga lo quiera. No hay tan terrible consecuencia que no compense el alivio.
Me has desgarrado la camisa y tengo la mano rota.
Me has desgarrado la camisa y tengo la mano rota.
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