La camiseta roja se desvanece
sobre la silla al abrir los ojos cada mañana. Sí, la que llevaba puesta cuando
la enterré y la que desgarré con el cuchillo que fue también con ella al fondo
del agujero. La que se puso para mentirme una noche más. No volveré a dormir.
No volveré a soñar nada más que esa camiseta roja desvaneciéndose sobre la
silla para cerrar y abrir el bucle de cada uno de mis días. Previsible
conclusión de la pesadilla de haberla conocido.
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