Hola cariño,
El tiempo acaba por dar la
razón al pesimista; y ya sabes de qué te estoy hablando. Una vez más, pero esta
vez es la última aunque no me creas, verbalizo la pregunta que como una losa
marca nuestras vidas: ¿por qué te fuiste a enamorar del recogepelotas?
Tenías una pléyade de
admiradores, desde los talentosos chulillos de piscina del club al principio,
pasando por los hijos de papá, los famosetes de mierda después, los modelos de
tus anuncios (casi todos maricas es verdad), otros deportistas de élite con los
que te codeabas o te hacían codear, los del postureo, los vigoréxicos del
circuito, los periodistas chupasangre, los capullos en yate, nacionales,
extranjeros, los hijos de jeques, los sobrinos de dictadores, la nueva generación
de la oligarquía de por siempre jamás, la familia torera, los mafiosos rusos; los
mariscales de la vida al fin y al cabo. Y vas y te fijas en el recogepelotas.
Yo, cariño, era el que tenía derecho a quererte y
admirarte. Yo, que soy un pedo en un jacuzzi, puedo adorar a la estrella, a la
princesa, al centro de atención del sistema de castas. Pero desde una distancia
que nunca me habría atrevido a acortar, ni un solo metro, porque de cerca no
somos dos seres humanos que se miran de igual a igual. Soy yo el que entra en
tu mundo, no dos corazones que comparten y que pueden aislarse a voluntad. Joder,
mi amor, eres un producto; siento ser tan crudo, y no tengo ni el talento, ni
las agallas, ni asumo el rol de perrillo y mantenido, como para hacer de mi
vida un seguirte por el mundo de torneo en torneo con los gastos pagados.
Pensarás que una vez más he
explotado y que en un ratito se me pasará el ataque de inferioridad. Incluso
puede que te enfades y me digas que no puedo soportar tu éxito. Quizá después
me abrumes con esa condescendencia que me duele como un puñal hablándome de que
algún día mi talento de escritor se verá recompensado. Entonces yo me dejaré
achuchar y entraré en razón.
Pues no, cariño, esta vez
no. ¿Y sabes por qué? Porque me está entrando angustia de pensar en ese
bla,bla,bla tuyo tan repetitivo; porque lo que escribo no lo lee nadie; porque
es lo mismo de siempre pero con ansiedad creciente y tiene que tener un límite
sensato; porque necesito una vida, asumir mi fracaso y buscarme un trabajo;
porque como vuelva a meterme en un avión quince horas para ir a verte jugar con
la excusa de que así tengo tiempo para leer y escribir, me dará un ataque de
nervios que estrangularé a la azafata; y porque, a pesar de todo, quiero seguir
escribiéndote para que no se me quede nada dentro y no me voy a cortar, como he
hecho siempre.
No voy a renegar de nada.
Han sido tres años de amor porque te quiero con locura y sé que tú a mí
también. Y será mucho tiempo de desamor. Como te digo constantemente, no paro
de aprender contigo y de tu mundo, precisamente por ser un outsider de toda esa
bacanal de egos centrada en tu naricilla que es tu día a día. ¡No sabes lo
dichoso que he sido sabiéndome el discretísimo elegido por ti cada noche!
Pero no hay ni habrá más que
eso, y de ahí que vaya a confesar lo inconfesable; porque de otro modo no sería
capaz de dar el paso y volvería a pisar un aeropuerto con náuseas de cobarde,
para ir a sentarme a la fila cien de una grada fría de una pista central más.
Exploto víscera con solo pensarlo. Es como si lo hubiera intentado tantísimo
que el monstruo que nunca he dejado ni asomar tuviera que salir a ventilarse
sin importar las consecuencias.
Confesar lo inconfesable,
decía. ¿Recuerdas la bronca que me echaste en Toronto el mes pasado? A gritos
me empujaste fuera de la habitación y acabé en el bar del hotel mano a mano con
la cerveza. Al día siguiente como si nada, y yo tampoco volví a sacar el tema.
Cariño, yo no tengo porque saber encordar una puta raqueta. Para eso están los
de la organización. A mí me importa un huevo que la tensión que tú usas sea 29
y no 27 kg. Además, amor, que esto es ridículo. ¡La tensión no se mide en kg!
Ya me estoy liando; voy al
grano porque empiezo a justificarme. En fin, que esa noche me lié con Serina
Wallace.
Me quedé en el hall junto a
recepción haciendo honor a la quinta o sexta cerveza. Solo, ya no quedaba nadie,
ni un alma. Ya tarde, como a las 12, bajó tu rival, Serina, con una botella de
champán, dando algún tumbo y bastante achispada. La noticia del día era su
eliminación en las primeras rondas, ¿recuerdas? No pensé que hubiera reparado
en mí porque nunca pienso que nadie en el circuito me mire más que a una
maleta, pero vino directamente y se sentó a mi lado como si yo fuera un
conocido o casi un amigo. Estuvo un buen rato hablando; la presión de ser la número
uno, la necesidad de perder para aliviarla, las ganas de alejarse de su corte
de lameculos. ¡Qué sola estaba, cariño, qué sola! Un ser humano que hasta para
ir al baño necesita un paje o un juez antidoping. ¿Y sabes cómo me sentí?
Igual. Como nunca a tu lado; como un igual con la estrella. Apenas recuerdo en
que momento pidió que subieran otra botella a su habitación, con dos vasos, y
no te tengo que decir cómo acabó aquello. Te ahorraré los detalles.
Si sigo escribiendo acabaré con
un alegato en mi defensa, y me odiaría por ello. Te toca digerir lo que acabas
de leer. Es así. No más broncas, no más idas y venidas, no más sumisión ni sueños
estúpidos. Pero de alguna manera,
Siempre Tuyo
No comments:
Post a Comment