Wednesday, January 21, 2015

Circuito cerrado

Hola cariño,

El tiempo acaba por dar la razón al pesimista; y ya sabes de qué te estoy hablando. Una vez más, pero esta vez es la última aunque no me creas, verbalizo la pregunta que como una losa marca nuestras vidas: ¿por qué te fuiste a enamorar del recogepelotas?

Tenías una pléyade de admiradores, desde los talentosos chulillos de piscina del club al principio, pasando por los hijos de papá, los famosetes de mierda después, los modelos de tus anuncios (casi todos maricas es verdad), otros deportistas de élite con los que te codeabas o te hacían codear, los del postureo, los vigoréxicos del circuito, los periodistas chupasangre, los capullos en yate, nacionales, extranjeros, los hijos de jeques, los sobrinos de dictadores, la nueva generación de la oligarquía de por siempre jamás, la familia torera, los mafiosos rusos; los mariscales de la vida al fin y al cabo. Y vas y te fijas en el recogepelotas.

Yo, cariño, era el que tenía derecho a quererte y admirarte. Yo, que soy un pedo en un jacuzzi, puedo adorar a la estrella, a la princesa, al centro de atención del sistema de castas. Pero desde una distancia que nunca me habría atrevido a acortar, ni un solo metro, porque de cerca no somos dos seres humanos que se miran de igual a igual. Soy yo el que entra en tu mundo, no dos corazones que comparten y que pueden aislarse a voluntad. Joder, mi amor, eres un producto; siento ser tan crudo, y no tengo ni el talento, ni las agallas, ni asumo el rol de perrillo y mantenido, como para hacer de mi vida un seguirte por el mundo de torneo en torneo con los gastos pagados.
Pensarás que una vez más he explotado y que en un ratito se me pasará el ataque de inferioridad. Incluso puede que te enfades y me digas que no puedo soportar tu éxito. Quizá después me abrumes con esa condescendencia que me duele como un puñal hablándome de que algún día mi talento de escritor se verá recompensado. Entonces yo me dejaré achuchar y entraré en razón.
Pues no, cariño, esta vez no. ¿Y sabes por qué? Porque me está entrando angustia de pensar en ese bla,bla,bla tuyo tan repetitivo; porque lo que escribo no lo lee nadie; porque es lo mismo de siempre pero con ansiedad creciente y tiene que tener un límite sensato; porque necesito una vida, asumir mi fracaso y buscarme un trabajo; porque como vuelva a meterme en un avión quince horas para ir a verte jugar con la excusa de que así tengo tiempo para leer y escribir, me dará un ataque de nervios que estrangularé a la azafata; y porque, a pesar de todo, quiero seguir escribiéndote para que no se me quede nada dentro y no me voy a cortar, como he hecho siempre.

No voy a renegar de nada. Han sido tres años de amor porque te quiero con locura y sé que tú a mí también. Y será mucho tiempo de desamor. Como te digo constantemente, no paro de aprender contigo y de tu mundo, precisamente por ser un outsider de toda esa bacanal de egos centrada en tu naricilla que es tu día a día. ¡No sabes lo dichoso que he sido sabiéndome el discretísimo elegido por ti cada noche!
Pero no hay ni habrá más que eso, y de ahí que vaya a confesar lo inconfesable; porque de otro modo no sería capaz de dar el paso y volvería a pisar un aeropuerto con náuseas de cobarde, para ir a sentarme a la fila cien de una grada fría de una pista central más. Exploto víscera con solo pensarlo. Es como si lo hubiera intentado tantísimo que el monstruo que nunca he dejado ni asomar tuviera que salir a ventilarse sin importar las consecuencias.
Confesar lo inconfesable, decía. ¿Recuerdas la bronca que me echaste en Toronto el mes pasado? A gritos me empujaste fuera de la habitación y acabé en el bar del hotel mano a mano con la cerveza. Al día siguiente como si nada, y yo tampoco volví a sacar el tema. Cariño, yo no tengo porque saber encordar una puta raqueta. Para eso están los de la organización. A mí me importa un huevo que la tensión que tú usas sea 29 y no 27 kg. Además, amor, que esto es ridículo. ¡La tensión no se mide en kg!

Ya me estoy liando; voy al grano porque empiezo a justificarme. En fin, que esa noche me lié con Serina Wallace.

Me quedé en el hall junto a recepción haciendo honor a la quinta o sexta cerveza. Solo, ya no quedaba nadie, ni un alma. Ya tarde, como a las 12, bajó tu rival, Serina, con una botella de champán, dando algún tumbo y bastante achispada. La noticia del día era su eliminación en las primeras rondas, ¿recuerdas? No pensé que hubiera reparado en mí porque nunca pienso que nadie en el circuito me mire más que a una maleta, pero vino directamente y se sentó a mi lado como si yo fuera un conocido o casi un amigo. Estuvo un buen rato hablando; la presión de ser la número uno, la necesidad de perder para aliviarla, las ganas de alejarse de su corte de lameculos. ¡Qué sola estaba, cariño, qué sola! Un ser humano que hasta para ir al baño necesita un paje o un juez antidoping. ¿Y sabes cómo me sentí? Igual. Como nunca a tu lado; como un igual con la estrella. Apenas recuerdo en que momento pidió que subieran otra botella a su habitación, con dos vasos, y no te tengo que decir cómo acabó aquello. Te ahorraré los detalles.

Si sigo escribiendo acabaré con un alegato en mi defensa, y me odiaría por ello. Te toca digerir lo que acabas de leer. Es así. No más broncas, no más idas y venidas, no más sumisión ni sueños estúpidos. Pero de alguna manera,
                                                                                                                            Siempre Tuyo

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