De
alguna ventana del patio de vecinos se escuchan unos acordes de aprendiz, y el
misionero, desnudo ante el espejo, no es capaz de recordar en que siglo le
estremecía la música ni cuando se quedó su vida sin banda sonora. Sexo, drogas
y rock&roll. ¿Por qué me viene el
sexo a la mente todo el tiempo? Dios! Que pena me das, pobrecito mío,
desgraciado misionero. De ser dildo, cuatro patas, baños de discoteca, asiento
de atrás, los-agujeros-están-para-usarlos, erección matutina, a mentar la más
cruda realidad, el buen y sádico dios.
Un
misionero se levanta una mañana empapado en sudor y pensando que tiene una
angina de pecho. Al rato empieza a llorar al darse cuenta de que a su corazón
no le pasa nada. Simplemente, así de duro, simplemente, está tan harto de ser
lo que es que prefiere la muerte a seguir este tránsito sin paisaje. No era un
problema de viagra, no lo era. Ni de edad. Fue de confundir sueños con fantasía,
de guardar al fondo del armario, con la ropa de invierno, el leitmotif del libre
albedrio y vestirse en las excusas y la rutina. Y de dejar de sonreír o de vestir
a la sonrisa de mentira; de mirar las losas en vez del cielo hasta tener
cemento en las cervicales; de olvidarse de lo difícil que es distinguir follar
de hacer el amor para acabar haciendo el misionero sin quererlo, con viagra
hasta las cejas para poder serlo.
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