Thursday, April 30, 2015

La rutina

De alguna ventana del patio de vecinos se escuchan unos acordes de aprendiz, y el misionero, desnudo ante el espejo, no es capaz de recordar en que siglo le estremecía la música ni cuando se quedó su vida sin banda sonora. Sexo, drogas y rock&roll. ¿Por qué me viene el sexo a la mente todo el tiempo? Dios! Que pena me das, pobrecito mío, desgraciado misionero. De ser dildo, cuatro patas, baños de discoteca, asiento de atrás, los-agujeros-están-para-usarlos, erección matutina, a mentar la más cruda realidad, el buen y sádico dios.   
Un misionero se levanta una mañana empapado en sudor y pensando que tiene una angina de pecho. Al rato empieza a llorar al darse cuenta de que a su corazón no le pasa nada. Simplemente, así de duro, simplemente, está tan harto de ser lo que es que prefiere la muerte a seguir este tránsito sin paisaje. No era un problema de viagra, no lo era. Ni de edad. Fue de confundir sueños con fantasía, de guardar al fondo del armario, con la ropa de invierno, el leitmotif del libre albedrio y vestirse en las excusas y la rutina. Y de dejar de sonreír o de vestir a la sonrisa de mentira; de mirar las losas en vez del cielo hasta tener cemento en las cervicales; de olvidarse de lo difícil que es distinguir follar de hacer el amor para acabar haciendo el misionero sin quererlo, con viagra hasta las cejas para poder serlo.

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