Friday, March 6, 2015

Consigna: reflexiones sobre una imagen

 Arissa. La sombra y el fotógrafo, 1922-1936

 Apoyo las palmas de las manos en el mármol, lo único fresquito. El culo me arde sentado en esta silla de metal que debe llevar a pleno sol como dos mil años. Me he puesto esta horrible manga larga y me estoy deshidratando por los sobacos.  Muevo las manos, las palmas bien abiertas, por la superficie y cierro los ojos intentando llenarme del frescor de la piedra. Que llegue ya mi misteriosa cita.



Me hiere ver todo tan alineado. Las sillas, las mesas, la sombra del toldo, la soledad. Enciendo un cigarro. Desde una esquina de la plaza vacía, a la sombra del sol en lo más alto, miro la supuesta belleza creada, la simetría, que me duele como todas las cuadriculas que me gobiernan. Ver la realidad de fuera reafirma las razones con las que me aplasto. Es un error que no puedo evitar.



Huelo el calor, no creo que aparezca nadie. Ni siquiera un despistado. Las sillas 500 euros, las mesas cerca de 1000, el puto toldo es eléctrico y como no se siente algún cliente tendré que cerrar. Ahora entiendo aquello de que era arriesgado montar un café parisino en la plaza del pueblo de mis padres. En la Mancha. Demasiado tarde. No saben apreciar un buen croissant de mantequilla. Me llaman el catalán. A otros hijos de emigrantes, el madrileño, el vasco, lo que sea. Jodidos ignorantes. Me vuelvo a Barcelona. Vendo la casa de los viejos, alquilo esta mierda de local y que les den por culo.


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